lunes, 28 de enero de 2013

Sueño de Nácar

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Amanecer en el puerto medio-oriental, Claude Lorrain
Para finalizar la trama del amor truncado por las mareas de 'Como esmeraldas rescatadas del mar', presento este poema -incluido en 'Versos en la Ensoñación'- inspirado en la misma historia, aunque con matices diferentes.

Debido a motivos académicos, durante la próxima quincena no podré actualizar este espacio todo lo que me gustaría, mas prefiero ofrecer escasas entradas de cierta calidad que muchas que no estén a la altura de lo que los lectores merecéis. Trataré de no ausentarme en demasía.



SUEÑO DE NÁCAR

En el más profundo sueño
hay casas blancas de la cal;
en el muelle un blanco velero,
áureo reflejo en el mar.

Y, sobre la blanca atalaya,
esbelta torre de marfil,
envuelta en lirios y jazmín,
con aroma a sueños de nácar.

La princesa de la atalaya
es porcelana bella y joven;
los ojos de verde esmeralda,
dorados para el sol se ponen.

Ella al horizonte vigila,
aguardando a su llegada;
cuando del barco él se baja,
desciende corriendo a la orilla.

Él, con brazos extendidos,
la achucha contra su cuerpo;
ella, en latido encendido,
lo besa como arde el fuego…

Cuando la luna creciente,
mirando por su ventana,
los ve de amarse en la playa,
en nubes negras se envuelve.

Apremia al sol aún dormido:
“¡despierta, levanta y sepáralos!”;
el sol le increpa al joven: “¡vámonos!”;
se despide de ella dolido.

“Aún no te vayas, no me dejes
anclada a la blanca atalaya:
se esfuman mis sueños de nácar
las noches que sin mí duermes”.

Él le contesta: “he de zarpar,
pues la luna es bien celosa
y me ha venido a reclamar…
¡No quiere verte dichosa!”.

Y con leve roce en los labios
y profundo beso en la frente,
se sube el joven a su barco
y pone el sol rumbo a poniente. 

La princesa de la atalaya
con gran pena se ha quedado,
sus ojos de verde esmeralda
lloran jades por su amado.

Y zarpa el blanco velero:
atrás la blanca atalaya,
atrás encalado pueblo,
atrás el sueño de nácar.


16. Sueño de Nácar
Versos en la Ensoñación
Pedro M. Cepedal Flores

jueves, 24 de enero de 2013

Como esmeraldas rescatadas del mar IV

“Era primavera.[…]Estaba absorta en su afán, mientras los recuerdos la invadían. Cerró los ojos…”

*

COMO ESMERALDAS RESCATADAS DEL MAR

IV


   Abrió los ojos. El fuerte viento aullaba mordaz y la zarandeaba violentamente, obligándola a agarrarse a la barandilla, ese viento que había traído sobre la playa negros nubarrones que anunciaban la inminente tempestad. ¿Cuánto tiempo había estado recordando? La repentina oscuridad le impedía calcular la hora; había estado tan absorta en sus pensamientos que no sintió avecinarse el temporal.

   Un centelleante relámpago, seguido de un estruendoso trueno, hicieron de arranque de la tormenta. Sintió miedo, mas no estaba dispuesta a moverse de allí, no sin él. Al volver la vista atrás, pudo distinguir la silueta del pescador, que parecía alentarla desde la orilla para que regresara, pero sus gritos quedaban ahogados entre el ruido de las olas al chocar y el aullido del viento. Una gran ola rompió contra la plataforma; se aferró con todas sus fuerzas a la madera y consiguió mantenerse en su sitio. Un crujido sonó a sus espaldas: parte del puente se había derrumbado. No tenía escapatoria. Presa del pánico, cuando quiso volver la vista al frente una nueva ola, más grande y violenta, la derribó sin piedad. Se zambulló entre las aguas, que la zarandearon con virulencia; la fuerza del mar la emergió por instantes, pudiendo dar una bocanada de aire antes de ser engullida definitivamente…

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Miranda, La Tempestad, J.W. Waterhouse

   La visión era idílica. Desde la torre más alta del esbelto castillo de marfil, situado sobre un risco que moría en forma de acantilado sobre las aguas, dominaba la vista del pueblo de casas blancas de cal y del océano que se extendía al otro lado. En él pudo distinguir, como si de una estrella fugaz sobre el oscuro firmamento se tratase, el brillo dorado del sol de la tarde al reflejarse sobre un estilizado y blanco bergantín. La emoción la embargó: por fin llegaba a recogerla. Se arremangó los vuelos del blanco vestido y echó a correr, descendiendo primero los pisos del baluarte y después el acantilado por la escalinata tallada en la piedra, hasta llegar a la orilla. Despojándose del vestido, quedando apenas con la ropa interior, se lanzó al agua y nadó, nadó con todas sus fuerzas hasta que llegó al barco, de colores nácar y dorados. Al final de la escalerilla, una mano le tendió ayuda para subir. Era la suya. Miró hacia arriba.

   Allí estaba él, vestido de los mismos colores que dominaban la escena. Nunca lo había vuelto a ver tan radiante desde que comenzara su amor: irradiaba tanta fuerza y belleza, tanta magia… Estaba deslumbrante. Una vez terminó de subir a bordo, siguió mirándolo: era éste el chico del que se enamoró, y con el que había vivido los momentos más preciosos de su vida hasta que, un año atrás, el mar se lo llevara con la venida de la primavera.

-          Has vuelto a por mí, has venido a buscarme –exclamó ella, emocionada-. Creí que ya no volverías –prosiguió-. He tardado en comprenderlo, pero por fin lo entiendo todo… Ahora sé que nuestro destino es estar juntos. Llévame contigo, ¡estoy lista!

   Y se arrojó a sus brazos con ímpetu, como queriendo fundir su cuerpo con el de él, quien la abrazó, acariciándole el pelo tiernamente mientras su calidez lo invadía.

-          Eres tan hermosa… Tus ojos son dorados y verdes, profundos, como dos esmeraldas rescatadas del fondo del océano.
-          Como los tuyos –le respondió sonriente-. Eres tan guapo…

   Se separó él con suavidad y, tomándola de las manos con delicadeza, le explicó:

-          El destino es una fuerza poderosa, pero no lo puede todo. Hoy hace un año que la luna, envidiosa de nuestro amor, me llevó con las mareas, separándome de ti -notó cómo los ojos de ella se ensombrecían al revivir aquel momento-. Aun así, lo que sentimos fue tan grande que me permitió seguir viviendo en tu corazón todo este tiempo e, incluso, poder volver a estar contigo, sentirte en mi piel cada uno de los días en los que las estaciones rotaron durante este año, mas el dolor que te causaba mi recuerdo era tal que cada vez se me hacía más difícil desear volver.
-          Pero…-comenzó a replicar ella, siendo acallada por el dedo índice que él posó sobre sus labios.
-          Realmente fuimos felices, y créeme cuando te digo que jamás me he sentido tan dichoso como en los días que pasé junto a ti. Nuestro destino es estar juntos porque nuestro amor así lo quiso, pero me temo que aún no ha llegado ese momento.

   Le sonrió con dulzura a fin de tranquilizarla, al notar cómo sus desconcertantes palabras la empezaban a inquietar.

-          He venido por ti, pero no para llevarte conmigo, sino a tu lugar. Hoy no será el día en que el mar te lleve consigo; aunque te reclame y proteste con vehemencia, no le concederé su capricho.

   Las lágrimas comenzaron a recorrer el rostro de la joven, adivinando las palabras que vendrían a continuación. “No llores, mi amor” le dijo él, aunque tampoco pudo evitar que los ojos se le cargaran de lágrimas. Haciendo un esfuerzo por controlarse, volvió a sonreír y se despidió:

-          Eres una chica maravillosa. Lograrás cumplir tus metas en la vida y sabrás ser feliz, y yo te ayudaré y acompañaré siempre en tu camino, hasta el día en que vuelva a buscarte en este barco, esa vez sí para estar juntos por siempre. Hasta entonces, si alguna vez te sientes perdida o sola, acércate a la playa, escucha las palabras de la brisa del mar y siente su espuma en tu piel, pues yo estaré en ellas. Siempre velaré por ti.
-          Eres el amor de mi vida.

   Y lo besó. Lo besó con toda su alma, lo besó poniendo cada esencia de su ser en ese beso, por tratar de transmitirle todo lo indescriptible que sentía por él. Al separar sus labios, fijó la vista en sus ojos, mientras los ecos de un “te amo” retumbaban cada vez más lejanos en sus oídos, siendo sustituidos lentamente por unos sonoros:

-          ¡Muchacha!¡Muchacha! –gritaba el viejo pescador, agitándola enérgicamente de los hombros.

   Ella continuó con la mirada perdida en sus ojos, hasta que lentamente fue retomando el conocimiento. Se hallaba en la playa de siempre. El temporal había pasado y el sol luchaba por asomarse entre las altas y claras nubes. El anciano exclamó:

-          ¡Ah, viejo lobo de mar! Pensé que no lo contarías. Es extraño, el mar no suele renunciar a sus presas, pero a ti te ha devuelto sana y salva. Es un verdadero milagro, muchacha: eres realmente afortunada. Pude sacarte del agua cuando las olas acercaron un poco tu cuerpo a la orilla y, aun así, no fue tarea fácil –sonrió mientras se ponía en pie torpemente-. Bueno, he de irme. Te aconsejo que vuelvas a casa y te recuperes; ya nos volveremos a ver….algún día.

   Y se marchó por la orilla, tarareando una vieja tonada marinera. Ella, aún turbada por tantas emociones, no logró responder. Él la amaba tanto, la había salvado… pero, entonces, ¿cómo iba a haberla rescatado el viejo de la tempestad? De pronto, como una flecha, la inspiración atravesó su aturdida mente. Se giró rápidamente para llamar al pescador, pero éste había desaparecido por completo. No podía parar de pensar en sus ojos. “Verdes y profundos, como los suyos” se dijo. Notó entonces en su bolsillo algo que se movía y, al hurgar con la mano, extrajo de él, estupefacta, dos pequeñas piedras preciosas. “Como dos esmeraldas rescatadas del mar”. Sonrió. Lo amaba. Lo amaría siempre. Despacio, se levantó y echó a andar tranquilamente, escuchando la brisa marina, sintiendo la espuma en su piel.


FIN


Como esmeraldas rescatadas del mar, IV parte
Pedro M. Cepedal Flores

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Velero llegando a puerto, J.M.W. Turner

martes, 22 de enero de 2013

Como esmeraldas rescatadas del mar III

"Era primavera. [...]Estaba absorta en su afán, mientras los recuerdos la invadían. Cerró los ojos..."


*

COMO ESMERALDAS RESCATADAS DEL MAR

III


-          Hoy hace medio año que te fuiste.

   Él dirigió la vista al frente, con los ojos entornados para protegerlos de la notoria claridad de la tarde.

-          Esta noche habrá luna llena –respondió-. No estaré para verla, me iré antes.
-          ¿Por qué? Podrías quedarte hasta la medianoche –replicó ella, con la esperanza de convencerlo-. Tiene que estar preciosa, y podremos disfrutarla juntos.
-          La intensidad del brillo de la luna eclipsará al de las estrellas. No será una noche tan bonita como la del solsticio de verano –giró de nuevo la cabeza hacia ella, con una leve sonrisa-. ¿La recuerdas?

   “Cómo olvidarla”, pensó ella, sin llegar a pronunciar las palabras. Hacía tres meses, la noche del solsticio de verano: orquestadas por la luna en cuarto creciente, las estrellas iluminaban el firmamento, tiñéndolo de un intenso color azul marino; azul de medianoche, que lo llamaba ella. Había sido la primera vez que se reencontraban después de que él se marchara con la llegada de la primavera. Aquél caluroso día de verano pasearon por las cercanías del muelle, comieron helado y se tumbaron en la orilla a contemplar la vastedad del cielo, totalmente despejado. Se besaron y abrazaron largo rato, pero nunca suficiente para ellos, jóvenes amantes apasionados. Cuando cayó la noche, la admiraron reposados sobre el viejo embarcadero. Al dar la hora del comienzo, él se marchó y ella se quedó allí, contemplando el telón nocturno hasta el alba, cuando el viejo pescador le recomendó que se fuera a casa...

-          Ese anciano no descansa nunca. Viene al muelle todos los días desde que yo lo hago -comentó-. Todas las mañanas desde muy temprano, a veces incluso por la tarde. Pobrecillo, tiene que tener los huesos fatal de la humedad.
-          ¡Aúúúú, a-a-aúúú! –empezó a aullar él-. ¡Ay, viejo lobo de mar, cuántas leguas navegaste y cuántos barcos has hundido, pero más viejo es el mar! Cuando éste reclama a un hijo, ya no lo devolverá –exclamó con tono burlón y voz agrietada.
-          ¡Que bien lo imitas!

   Ella rio a carcajada suelta mientras él proseguía con sus bromas. Después, se abrazaron. Estaban sentados en el borde mismo del embarcadero. El crepúsculo comenzaba a conferirle al cielo unos colores rojizos y dorados que se reflejaban en el mar, el cual los mecía con suaves olas, creando una estampa realmente hermosa de contemplar. Era la bienvenida al otoño.

-          Claro, que por aquel entonces se te veía feliz. Hoy, a pesar de haber estado bromeando, tienes un matiz sombrío en la expresión –le comentó. Aún seguía ligeramente molesta por su negativa a quedarse hasta la noche-.
-          Es el tiempo, y es la luna. El tiempo se agota y la luna me quema –observó como ella se quedaba perpleja ante tal respuesta-. Te amo.

   Y la besó. Todo atisbo de enfado se esfumó de golpe, mientras se estremecía sintiendo sus labios en su boca. Besaba tan dulce, lo hacía tan especial, tan mágico… Separándose un poco, sonrió y le respondió:

-          Yo a ti más.


Como esmeraldas rescatadas del mar, III parte
Pedro M. Cepedal Flores


    Y llegamos al fin a la antesala del desenlace de esta historia. Aunque en este punto pueda parecer haber perdido el sentido temporal o ser un tanto enrevesada, prometo que en la última parte se esclarecerán, si no todos, al menos parte de los hechos; pues preferí, a la hora de escribir, que el relato mantuviera un cierto velo de irrealidad y misterio, ofreciendo imágenes que dejaran las puertas de la mente abiertas a diversas interpretaciones.

     Agradezco enormemente el seguimiento y los comentarios que ha recibido, y, por último, quisiera anunciar que publicaré la última parte -por extensión podrían haber sido dos pasajes más, pero creí conveniente contar el final de una sola vez- el próximo viernes, a modo de celebración del primer mes de vida de este espacio, el cual es un motivo de alegría para mí, y espero que también para vosotros, queridos lectores. Por mi parte, seguiré dedicándole toda mi ilusión y esfuerzo para conseguir que más personas disfruten de la poesía y de la literatura en general.

     Un placer.

domingo, 20 de enero de 2013

Sirena

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Sirena, J.W. Waterhouse
Ella canta y tú pierdes la razón; ella te mira y tú enloqueces; ella te roza y tú te hundes.

Me permito hacer un alto a mitad de la narración del relato 'Como esmeraldas rescatadas del mar' -del cual, por cierto, quiero agradecer la aceptación y buenas palabras que por parte de tantas personas ha tenido- para mostrar un nuevo poema de 'Versos en la Ensoñación'. En esta ocasión, la mujer fantástica que le da vida a los versos es la sirena, otra criatura mitológica que me causa gran fascinación. La idea de escribir este poema surgió de un sueño que tuve hace ya más de un año, siendo el primero del poemario en concebirse; sin embargo, su realización me resultó compleja y se demoró en el tiempo, acabando por ser uno de los últimos "versos soñados" en ver la luz. Y lo traigo acompañado de esta maravilla de pintura de J.W. Waterhouse, cuya mano a la hora de dar alma a mujeres de extraordinaria sensualidad, sutileza y hermosura es, sin duda, casi inigualable.



SIRENA

De mis sueños profundos emerges
a la superficie de mi mente
y mi conciencia toda enloqueces.

¡Sirena!
Ardiente melena
carmesí que aflora
danzando en las olas.

Salada piel rociada de espuma,
senos en erupción se dibujan
bajo el plateado manto de luna.

¡Sirena!
El fuego en las venas,
agua en tu mirada
y viento en el alma.

Maestra de las brumas y tormentas,
la canción más dulce y traicionera,
de este pobre marino condena.

¡Sirena!
Intocable en la piedra,
si alcanzarte pudiera
sin ahogarme en tus mareas…


2. Sirena
Versos en la Ensoñación
Pedro M. Cepedal Flores

viernes, 18 de enero de 2013

Como esmeraldas rescatadas del mar II

"Era primavera.[...]Estaba absorta en su afán, mientras los recuerdos la invadían. Cerró los ojos..."

*

COMO ESMERALDAS RESCATADAS DEL MAR

II



   Parecía el mar un liso espejo que en la negra noche reflejaba el cuarto menguante del astro lunar. Ni un atisbo de nubes, todo despejado en la brillante oscuridad. Apenas un imperceptible aire del poniente soplaba sobre las aguas. Era invierno, y la humedad le atenazaba los huesos, calándola hasta lo más hondo de su ser. Apenas podía contener su cuerpo para evitar que éste se abandonase al temblor incontrolado del tiritar. Acurrucada contra la pared de madera, al lado de los escalones que daban acceso a la parte superior del muelle, se abrazaba en un desesperado intento por ahuyentar el horrible frío.

   No pensaba abandonar, aún no. Todavía no era medianoche, aún podía llegar. Durante toda la noche y todo el día anteriores había estado aguardando sobre el viejo muelle. Era el solsticio, y cabía mantener la esperanza. Estaba convencida de que al final llegaría, tan sólo tenía que aguantar un poco más, sólo un poco más, pensaba mientras se levantaba a duras penas y se encaminaba hacia el borde de las tablas para observar de nuevo el horizonte... De pronto, un centelleante calor la invadió. La piel, adormecida ya por el tenaz helor, se despertó, erizándose el vello. La cálida y agradable sensación al tacto de los brazos que la rodeaban desde atrás por la cintura la reconfortó. El frío desapareció mientras él la besaba por el cuello, la oreja y la mejilla. Al tiempo que se daba la vuelta lentamente, no podía ocultar la cada vez más amplia sonrisa que delataba la felicidad que sentía. Lo miró a los ojos, grandes y verdes como los suyos, los cuales se encontraban al borde de las lágrimas, consecuencia de la emoción que la embargaba.

-          Has venido –apenas le salían las palabras de la boca-. Lo sabía, sabía que vendrías. Te he estado esperando noche y día, y por fin estás aquí. Sabía que no me fallarías -prosiguió, entre la sonrisa y el llanto.

   Él posó el dedo índice sobre sus labios, acallándola un instante. Labios que no dejaba de mirar y, lentamente al principio, y en un acelerón final, se abalanzó sobre ellos, besándolos apasionadamente. Ella se estremeció, y no de frío. Hacía tanto que no sentía su calor, llevaba tanto tiempo esperando ese beso…

-          Está helada, no pienso tirarme –se quejó ella ante lo que le proponía.
-          Confía en mí –respondió él, levantando  media sonrisa, esa media sonrisa que la volvía loca.

   Y, desnudando su torso, el joven se arrojó al agua.

-          Esto no puede ser bueno –suspiró ella y, resignándose a helarse, se lanzó tras él.

   Esperaba que las gélidas aguas se clavaran en su piel como mil agujas pinchándola reiteradamente, pero, por algún extraño motivo, esto no fue así. En su lugar, el agua resultó templada: invitaba a bañarse en ella, nadar y fundirse en la misma. Y eso es precisamente lo que hicieron: nadar, jugar, abrazarse donde llegaban a hacer pie y besarse. Tumbados en la orilla, él sobre ella, se miraron. Él le recitó hermosas palabras de enamorados. Ella sutilmente se insinuaba, le incitaba al amor. Él la poseyó con todo el ímpetu del varón, más la delicadeza del gran amante. Ella se dejó llevar y ambos rodaron por la arena, amándose entre la tierra y el mar, bajo la luz del cuarto menguante…

   El sonido de las gaviotas, cada vez más cercano, la despertó. Medio desnuda sobre la madera, se fue incorporando lentamente. Aún adormecida, escuchaba la melodía del oleaje al romper en la orilla. Contemplaba su movimiento hipnótico mientras vagamente recordaba los momentos vividos en la noche…


Como esmeraldas rescatadas del mar, II parte
Pedro M. Cepedal Flores

jueves, 17 de enero de 2013

Como esmeraldas rescatadas del mar

Es curioso como un lugar puede dejarnos grabada una marca muy profunda en el corazón, aunque apenas lo hayamos visto y pisado unos instantes.

Había oído la canción 'En el muelle de San Blas' (Maná), pero reconozco que nunca le presté demasiada atención a la letra. Y ahora, buscando -sin éxito- una imagen apropiada para esta entrada, he descubierto que dicha canción está inspirada en la historia, tan trágica como real, de la mexicana Rebeca Méndez Jiménez, mujer que esperó durante años, incluso vestida de novia, en el susodicho muelle a su prometido, quien marchó a pescar y nunca regresó... La inspiración para escribir este relato la encontré en un muelle, pero en una costa muy lejana de San Blas y de la tragedia de Rebeca -a pesar de haber ciertas similitudes en ambas historias, sobre todo al comienzo-: al acabar la narración, revelaré dónde exactamente.

Éste es el primer relato que me animo a mostrar en este espacio. No suelo prodigarme en la prosa, pero sentí la necesidad de contar, de contar este cuento y de hacerlo de esta manera.

NOTA: debido a su extensión, lo he dividido en cuatro pasajes que espero añadir en las próximas entradas.



COMO ESMERALDAS RESCATADAS DEL MAR

I

   Ella permanecía de pie, inmóvil frente al mar. La quietud de su postura contrastaba con los suaves movimientos del vestido y del pelo, mecidos por la fresca brisa. La rebeca arremangada dejaba al descubierto unas delicadas muñecas de las que nacían, no menos finas, las manos que sostenían a la vez un pequeño bolso. Impasible sobre aquel largo y destartalado muelle, que se introducía hasta cincuenta metros en las aguas pareciendo ser devorado por éstas, oteaba el horizonte, los claros ojos entornados, hasta donde su vista le permitía alcanzar, allá donde se difumina el umbral que separa cielo y mar.

   Era primavera. A media mañana, el sol apenas se dejaba entrever a través de las cada vez más espesas y grises nubes, que le conferían a las olas un color azul turquesa realmente precioso, por lo menos para quien se parase a contemplarlas... Pero ella no podía sino seguir mirando al infinito, esperando ver algo, atisbar un indicio, un movimiento diferente, algún color distinto bajo el agua, esperando a…

-          Olvídalo, muchacha –dijo una raída pero suave voz-. Llevas mucho tiempo ya viniendo aquí, al viejo muelle. Esperando y esperando. No es ése el sino de una muchacha tan bonita como tú. Deberías olvidarlo ya, no volver a este lugar y disfrutar de la vida y de tu juventud. Sí, eso es, eso es lo que deberías hacer… y sonríe un poco, chiquilla…
-          ¡No! –respondió la joven con voz queda-. Prometió que vendría. Hoy es el equinoccio, él vendrá…-suspiró.

   El viejo pescador llegó a su altura, casi en el borde del embarcadero, y, mientras mantenía la vista al frente al igual que ella, exclamó:

-          ¡Ay, viejo lobo de mar, cuántas leguas navegaste y cuántos barcos has hundido, pero más viejo es el mar! Cuando éste reclama a un hijo, ya no lo devolverá…
-          ¡No! –repitió ella sin entender muy bien lo primero que dijo el viejo, pero ofendida por lo último-. Él volverá, lo prometió. Él me ama y regresará por mí, y mi corazón sólo es para él. Vendrá, lo prometió.

   Chasqueando con la boca, lanzando un hondo suspiro y negando con la cabeza, el veterano pescador se sentó tranquilamente en el borde de los tablones mientras preparaba el anzuelo de su caña, al tiempo que mascullaba algo que ella ni llegó a percibir. Estaba absorta en su afán, mientras los recuerdos la invadían. Cerró los ojos...


Como esmeraldas rescatadas del mar, I parte
Pedro M. Cepedal Flores


lunes, 14 de enero de 2013

La Voz

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Ilustración de R. Olbinski
Con estructura de soneto pero sin asociación de rima, hoy presento un poema muy especial para mí, incluido en 'Versos en la Ensoñación'. Como su título indica, se trata de un homenaje, un canto a esa voz diferente que nos hace sentir emociones diferentes. Aquella voz que, si cerramos los ojos, dibuja maravillosas escenas en nuestra mente, en constante movimiento, como si de una película de dibujos animados se tratase.

La imagen que acompaña a la entrada es la ilustración de portada del libro 'Flowers & Fables' (J. Gruen), obra del pintor Rafal Olbinski. Me gusta bastante la obra de este artista polaco afincado en los Estados Unidos, por lo que no será, seguramente, la última vez que una de sus pinturas acompañe a alguno de mis poemas, pues en algunas ocasiones la conexión es tan idónea que parece que Olbinski estuviera retratando mis versos.

Que lo disfrutéis, como yo lo hice al escribirlo.



LA VOZ

Como el guiño más pícaro y sonriente,
tiene formas de mujer seductora,
y tiene dos profundos ojos verdes
esa voz que me congela y devora.

Voz que furtiva se cuela en mi sueño,
trinando como trina el ruiseñor;
me engaña con un paraíso, el Cielo;
mi hielo derrite con su calor.

Voz que lleva preñada melodía,
la acaricio como cuerdas del arpa
y pare en mi oído la algarabía.

¡Poesía cantada, lírica pura!
Voz sensual que me enciende y me apasiona;
tierna voz que me mece y que me acuna.


3. La Voz
Versos en la Ensoñación
Pedro M. Cepedal Flores






viernes, 11 de enero de 2013

La flor del cerezo

¿Dónde radica la belleza; hasta dónde alcanza la hermosura estética y de qué manera trasciende en nosotros; se puede lograr su eternidad?

Es tradición inmemorial en Japón contemplar el nacimiento de la sakura -la flor del cerezo- durante el período de tiempo que abarca desde finales de marzo a principios de abril, es decir, un breve, efímero período de tiempo, un suspiro. Una forma de expresión de la más sublime belleza apenas dura los instantes necesarios para ser percibida por los sentidos humanos; suficiente para dejar una huella en el alma que perdure toda la vida. No somos eternamente jóvenes ni bellos... ¿qué nos queda al final?



FLOR DE CEREZO

Nace la flor de cerezo
en tardíos días de abril,
bebiendo llantos de invierno,
bañada por luz sutil.

Sutil la mima naciente sol
y brisa mece su cuna:
nace como el primer amor,
rosa balada de tuna.

Tuna orquestada por garzas,
canción que al abrirse suena;
nace la flor anhelada,
y al son de la brisa vuela.

Vuela la flor de cerezo
ante los ojos que la ven,
ensimismados en su vuelo,
en su elegante caer.

Caer que detiene el tiempo
con certeras pinceladas;
obra de arte en movimiento,
cae la flor más deseada.

Deseada por ser hermosa,
mil anhelos en su enagua;
esos ojos que la adoran,
la ven hundirse bajo el agua.

Agua tan profunda como
ellos mismos que la sienten
de marcharse sin retorno,
ir al fondo lentamente.

Lentamente y sin parar,
a los ojos va muriendo,
tan efímera e inmortal,
se hunde la flor de cerezo.

Cerezo ya sin su flor,
una lágrima de tristeza;
se cierran al nuevo amor
los ojos sin su belleza.

Belleza no da felicidad,
mas felicidad es belleza;
Amor es bello sin más:
 ahí radica su grandeza.


13. Flor de Cerezo
Versos en la Ensoñación
Pedro M. Cepedal Flores

sakura
Cerezo en flor con el Monte Fuji al fondo, Japón.


miércoles, 9 de enero de 2013

Leyendas de los Otori

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Leyendas de los Otori II: Con la hierba de almohada, Lian Hearn.
"En las noches cuando, entremezclada con el viento, la lluvia cae; en las noches cuando, entremezclada con la lluvia, la nieve cae"


YAMANOUE NO OKURA: A dialogue on poverty
The country of the eight isladns.


Con estos versos de un remoto poeta japonés abre Lian Hearn el segundo volumen de su fantástica saga Leyendas de los Otori, el cual lleva por título 'Con la hierba de almohada'. Hace años que comencé a leer esta historia, quedándome en el tercer libro, 'El brillo de la luna'. Actualmente, creo que hay escritos dos volúmenes más: 'El lamento de la garza', que pone cierre a las aventuras de Takeo y Kaede -que comenzaran en 'El suelo del ruiseñor'-; y 'La red del cielo es amplia', que, por lo que tengo entendido, narra la vida del gran Otori Shigeru. Mas, antes de proceder a su lectura, me gustaría refrescar los tres primeros tomos de la serie, los cuales me quedan ya algo lejanos en el tiempo.

Aunque está catalogada como novela juvenil, lo cierto es que Leyendas de los Otori supera esa barrera para convertirse en una saga que gusta a lectores de cualquier edad. No voy a entrar en detalles de la trama, sino que me detendré, brevemente, en el estilo de escritura empleado. Y es que Lian Hearn logra cautivarnos con una narrativa exquisita que describe un decadente y hermoso mundo como si nos mostrara una pintura tradicional japonesa, en el que nos introduce gracias a una sensibilidad especial en su manera de contar: nos hace vivir la historia, inter-actuando con dicho mundo y sintiendo en nuestra propia piel cada respiración de los personajes, como si de nosotros mismos se tratase. Y como muestra de todo ello, aquí traigo un pequeño pasaje del volumen de la imagen -en mi opinión, el más sublime en cuanto a narrativa se refiere-. Que lo disfrutéis.


-          ¡Qué hermosa es la primera nieve! –exclamó Kaede-. Sin embargo, a finales del invierno todos anhelamos que desaparezca.
-          La nieve me agrada –exclamó Fujiwara-. Me gusta su blancura y la forma en la que envuelve al mundo. Bajo ella, todo permanece limpio.
Mamoru sirvió vino en los cuencos, se los entregó a Kaede y a Fujiwara y se desvaneció entre las sombras. Los criados se retiraron. En realidad no estaban solos, pero reinaba una gran sensación de soledad, como si nada existiera salvo ellos dos, los ardientes braseros, las pesadas pieles y la nieve.
Tras contemplar la nevada en silencio durante un tiempo, Fujiwara llamó a los criados para que trajesen más lámparas.
-          Quiero ver vuestro rostro –pidió al tiempo que se inclinaba hacia delante y examinaba a la joven con la misma avidez con que solía contemplar sus tesoros.
Kaede elevó los ojos y se quedó mirando la nieve, que en ese momento caía con más intensidad y se arremolinaba bajo la luz de las linternas, bloqueaba los senderos de la montaña y arrojaba un manto blanco sobre el mundo.
-          Estás más bella que nunca –exclamó Fujiwara pausadamente.
A Kaede le pareció detectar una nota de alivio en la voz del noble. Sabía que si su enfermedad la hubiera estropeado, Fujiwara se habría alejado de ella con una educación exquisita y nunca le habría vuelto a ver. Podrían haber muerto de hambre en Shirakawa sin que el noble mostrara el más mínimo gesto de compasión. “¡Qué frío es!”, pensó, mientras sentía cómo su propio cuerpo se quedaba helado. Sin embargo, no dio muestra alguna de ello, sino que permaneció con las pupilas clavadas en el paisaje dejando que la visión de la nieve le llenara los ojos y la deslumbrara. Decidió que se mostraría fría, como el hielo o la porcelana de celadón. Si Fujiwara deseaba poseerla, tendría que pagar el más alto de los precios.

Pasaje de  Leyendas de los Otori II: Con la hierba de almohada
Lian Hearn