jueves, 17 de enero de 2013

Como esmeraldas rescatadas del mar

Es curioso como un lugar puede dejarnos grabada una marca muy profunda en el corazón, aunque apenas lo hayamos visto y pisado unos instantes.

Había oído la canción 'En el muelle de San Blas' (Maná), pero reconozco que nunca le presté demasiada atención a la letra. Y ahora, buscando -sin éxito- una imagen apropiada para esta entrada, he descubierto que dicha canción está inspirada en la historia, tan trágica como real, de la mexicana Rebeca Méndez Jiménez, mujer que esperó durante años, incluso vestida de novia, en el susodicho muelle a su prometido, quien marchó a pescar y nunca regresó... La inspiración para escribir este relato la encontré en un muelle, pero en una costa muy lejana de San Blas y de la tragedia de Rebeca -a pesar de haber ciertas similitudes en ambas historias, sobre todo al comienzo-: al acabar la narración, revelaré dónde exactamente.

Éste es el primer relato que me animo a mostrar en este espacio. No suelo prodigarme en la prosa, pero sentí la necesidad de contar, de contar este cuento y de hacerlo de esta manera.

NOTA: debido a su extensión, lo he dividido en cuatro pasajes que espero añadir en las próximas entradas.



COMO ESMERALDAS RESCATADAS DEL MAR

I

   Ella permanecía de pie, inmóvil frente al mar. La quietud de su postura contrastaba con los suaves movimientos del vestido y del pelo, mecidos por la fresca brisa. La rebeca arremangada dejaba al descubierto unas delicadas muñecas de las que nacían, no menos finas, las manos que sostenían a la vez un pequeño bolso. Impasible sobre aquel largo y destartalado muelle, que se introducía hasta cincuenta metros en las aguas pareciendo ser devorado por éstas, oteaba el horizonte, los claros ojos entornados, hasta donde su vista le permitía alcanzar, allá donde se difumina el umbral que separa cielo y mar.

   Era primavera. A media mañana, el sol apenas se dejaba entrever a través de las cada vez más espesas y grises nubes, que le conferían a las olas un color azul turquesa realmente precioso, por lo menos para quien se parase a contemplarlas... Pero ella no podía sino seguir mirando al infinito, esperando ver algo, atisbar un indicio, un movimiento diferente, algún color distinto bajo el agua, esperando a…

-          Olvídalo, muchacha –dijo una raída pero suave voz-. Llevas mucho tiempo ya viniendo aquí, al viejo muelle. Esperando y esperando. No es ése el sino de una muchacha tan bonita como tú. Deberías olvidarlo ya, no volver a este lugar y disfrutar de la vida y de tu juventud. Sí, eso es, eso es lo que deberías hacer… y sonríe un poco, chiquilla…
-          ¡No! –respondió la joven con voz queda-. Prometió que vendría. Hoy es el equinoccio, él vendrá…-suspiró.

   El viejo pescador llegó a su altura, casi en el borde del embarcadero, y, mientras mantenía la vista al frente al igual que ella, exclamó:

-          ¡Ay, viejo lobo de mar, cuántas leguas navegaste y cuántos barcos has hundido, pero más viejo es el mar! Cuando éste reclama a un hijo, ya no lo devolverá…
-          ¡No! –repitió ella sin entender muy bien lo primero que dijo el viejo, pero ofendida por lo último-. Él volverá, lo prometió. Él me ama y regresará por mí, y mi corazón sólo es para él. Vendrá, lo prometió.

   Chasqueando con la boca, lanzando un hondo suspiro y negando con la cabeza, el veterano pescador se sentó tranquilamente en el borde de los tablones mientras preparaba el anzuelo de su caña, al tiempo que mascullaba algo que ella ni llegó a percibir. Estaba absorta en su afán, mientras los recuerdos la invadían. Cerró los ojos...


Como esmeraldas rescatadas del mar, I parte
Pedro M. Cepedal Flores


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