jueves, 28 de febrero de 2013

Día de Andalucía


Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña. 
Con la sombra en la cintura 
ella sueña en su baranda 
verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Verde que te quiero verde. 
Bajo la luna gitana, 
las cosas la están mirando 
y ella no puede mirarlas. 

Del 'Romance Sonámbulo'
Romancero Gitano
Federico García Lorca

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'Nuestra Señora de Andalucía', Julio Romero de Torres


   Hoy, 28 de Febrero, se celebra el Día de Andalucía, en el que se conmemora el referéndum en virtud del cual en 1980 el pueblo andaluz dijo “sí” a tener su propia Autonomía. A mí aún me faltaban unos cuantos años para materializarme en este mundo, pero por lo que he podido averiguar –y realmente no sé si hubiera sido necesario estudiarlo para llegar a tal conclusión- tal referéndum estuvo no poco influenciado y manipulado por los medios e intereses de varios señoritos que ansiaban el “sí” para llenar sus bolsillos. Pero es el de las Autonomías un debate político en el que no deseo entrar.


Guadalquivir, alta torre 
y viento en los naranjales. 
Dauro y Genil, torrecillas 
muertas sobre los estanques. 
¡Ay, amor, 
que se fue por el aire! 

¡Quién dirá que el agua lleva 
un fuego fatuo de gritos! 
¡Ay, amor, 
que se fue y no vino! 

Lleva azahar, lleva olivas, 
Andalucía, a tus mares. 
¡Ay, amor, 
que se fue por el aire!

De la 'Baladilla de los tres ríos'
Poema del Cante Jondo
Federico García Lorca



   Andalucía, siempre Andalucía. Pasan los años y las modernidades y su espíritu no cambia, siempre es la misma Andalucía. Tierra vasta, analfabeta, donde se ganan los votos ofreciendo bocadillos en la verbena del pueblo; donde el caciquismo sigue tan fresco, tan joven como en los tiempos de la Restauración (y todos los anteriores); donde se roba a manos llenas, sin utilizar otra expresión ni molestarse en disimularla, y desde el peón hasta el magistrado y el dirigente tienen el bote gastado de tanto chupar.

   Andalucía, tierra árida y seca allí donde no llegan las grandes riberas; cada vez son más reducidos los olivares que la vestían de gitana y bandida, y los naranjos ya no huelen a azahar, ni el Mediterráneo a mar, ni del Atlántico son tan pronunciadas las mareas.

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'La Huerta de Morales', J. Romero de Torres

   Hay andaluz analfabeto, inculto, flojo, vago y maleante, es cierto. Pero no es menos cierto que hay castellano, madrileño, catalán o gallego analfabeto, inculto, flojo y maleante. Hay andaluces cultivados, emprendedores, trabajadores, artistas y soñadores con afán de sanar la enfermedad de la tierra que los vio nacer: han de marchar al exilio, ya que en ella están condenados al hambre y la miseria.

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'¡Viva el pelo!', J. Romero de Torres

Bajo el naranjo lava 
pañales de algodón. 
Tiene verdes los ojos 
y violeta la voz. 
¡Ay, amor, 
bajo el naranjo en flor! 

El agua de la acequia 
iba llena de sol, 
en el olivarito 
cantaba un gorrión. 
¡Ay, amor, 
bajo el naranjo en flor! 

Luego, cuando la Lola 
gaste todo el jabón, 
vendrán los torerillos. 
¡Ay, amor, 
bajo el naranjo en flor! 

Dos muchachas (La Lola)
Poema del Cante Jondo
Federico García Lorca


   Pero Andalucía es fuerte, es vivaz incluso en sus horas más bajas de adolecer. Suspira y, con su pena anudada en la garganta, aún le queda el coraje de gritar un “Olé” que desgarra el alma, y en su baile final pregunta: “¿por qué, por qué me estáis matando de esta manera; por qué a mí, que os regalé el calor, el olivo, el naranjo, el río, el mar y la tierra en los que bailar, cantar, trabajar, amar y sangrar, para vosotros y vuestra descendencia, con todo mi corazón?”.


Pedro M. Cepedal Flores



Las piquetas de los gallos 
cavan buscando la aurora, 
cuando por el monte oscuro 
baja Soledad Montoya. 

Cobre amarillo, su carne, 
huele a caballo y a sombra. 
Yunques ahumados sus pechos, 
gimen canciones redondas. 

Soledad, ¿por quién preguntas 
sin compaña y a estas horas?

Pregunte por quien pregunte, 
dime: ¿a ti qué se te importa? 
Vengo a buscar lo que busco, 
mi alegría y mi persona. 

Soledad de mis pesares, 
caballo que se desboca, 
al fin encuentra la mar 
y se lo tragan las olas. 

No me recuerdes el mar, 
que la pena negra, brota 
en las tierras de aceituna 
bajo el rumor de las hojas. 

¡Soledad, qué pena tienes! 
¡Qué pena tan lastimosa! 
Lloras zumo de limón 
agrio de espera y de boca.

¡Qué pena tan grande! Corro 
mi casa como una loca, 
mis dos trenzas por el suelo, 
de la cocina a la alcoba. 
¡Qué pena! Me estoy poniendo 
de azabache carne y ropa. 
¡Ay, mis camisas de hilo! 
¡Ay, mis muslos de amapola!

Soledad: lava tu cuerpo 
con agua de las alondras, 
y deja tu corazón 
en paz, Soledad Montoya. 

Por abajo canta el río: 
volante de cielo y hojas. 
Con flores de calabaza, 
la nueva luz se corona. 
¡Oh pena de los gitanos! 
Pena limpia y siempre sola. 
¡Oh pena de cauce oculto 
y madrugada remota! 

Romance de la Pena Negra
Romancero Gitano
Federico García Lorca

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'La Musa Gitana', J. Romero de Torres

(NOTA: poemas completos en la sección 'Célebres Poemas')


domingo, 24 de febrero de 2013

En la Oscuridad


El Amor también es oscuro, también es sucio: las bajas pasiones siguen siendo pasiones. Ella se aparece en la oscuridad y la locura se desboca. Desenfreno incontrolado en nocturno y solitario frenesí.


EN LA OSCURIDAD
(Escrito sobre la Versión Instrumental de 'Dirty Diana')


Sumido en la oscuridad,
la noche es fría y tenaz;
estalla una farola,
camino sin parar:
más aprisa cada vez,
la angustia empieza a morder;
en una calleja angosta,
un gato me denosta;
la lluvia deja de caer.


En la neblina espectral,
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El Beso (1895), E. Munch
dos focos se dan a alumbrar
como faros a ultramar;
me paraliza su brillo:
no blanco, sino amarillo;
el canto que me reclama
enmudece a todo grillo
y así me atrapa
en el estrecho pasillo.


Ella me llama…
¿Que voy a hacer?
No me puedo esconder,
bloquea todo mi ser.


Me perturba su mirar,
es inquietante sin par
y dice: “¡acércate!”;
sus labios parecen de miel
y dicen: “¡cómeme!”.
Es una mirada mordaz,
es una boca jugosa,
es una luz sexual
y una voz melosa.

Me vence su seducción,
me arrastra hasta un portal;
allí, apretados los dos,
jodemos sin parar.
Tal como vino se va:
los focos dejan de brillar,
la lluvia vuelve a arreciar,
de nuevo, el frío tenaz…
sumido en la oscuridad.


5. En la Oscuridad
Versos en la Ensoñación
Pedro M. Cepedal Flores






viernes, 22 de febrero de 2013

Aceras mojadas...


BAJO LA LLUVIA


   Por la mañana el bullicio se siente cómodo: los paraguas chocan en vibrantes duelos por conquistar la estrecha acera; los coches pitan y pitan a los pies de grandes edificios en el centro de la ciudad, deseando ser tanques para aplastar a los de delante; un autobús, abusando de su tamaño, rompe el charco que estaba siendo perforado por las gotas de lluvia, mordiendo los bajos de inocentes pantalones que tan sólo pasaban por el lugar equivocado en el momento equivocado; en el interior, se respiran la humedad de las telas mojadas y las toses de quienes ponen pocas barreras a la invasión de sus gérmenes; de vuelta al exterior, la humedad ya no reina, sino que se conforma con compartir con el carbono las vías respiratorias.

   Por la noche no hay bullicio: la acera ha sido abandonada y yo la recojo, la recojo en mis pensamientos y en las suelas de mis zapatos; la recojo para compartir con ella la lluvia y un instante de soledad, aprovechando la bajamar de la ciudad…


Caminando bajo la lluvia                 
por las aceras mojadas,
con el frescor de la noche
y disfrutando del agua.

Caminando bajo la lluvia                     
con mis dos piernas cargadas,
michaeljackson-stranger-moscow
Fotograma del videoclip 'Stranger in Moscow', Michael Jackson
despacio –resbala el suelo-,
sin prisa por llegar a casa.

Caminando bajo la lluvia
por las aceras mojadas;
por una calle en penumbra
de la ciudad iluminada.

Pícara, la lluvia me pone
a resguardo en soportales
que forman bellas cascadas,
engalanados cortinajes.

Caminando bajo la lluvia
por las aceras mojadas,
evocando mil momentos
del pasado y de mi amada.

¡Qué falta que hacías, lluvia!
Qué falta, aquí en mi Málaga.
¡Qué falta que hacías, lluvia!
Qué falta… a mí, en el alma.


Bajo la Lluvia
Inédito
Pedro M. Cepedal Flores

lunes, 18 de febrero de 2013

La Xana

Existe una cuantiosa lista de mitos, tradiciones y cuentos del imaginario popular astur que conforman la llamada Mitología Asturiana. Estos mitos se transmitían oralmente, de abuelos a nietos, llegando prácticamente intactos hasta nuestros días; resulta fascinante cómo, aún no siendo la única de la Península Ibérica, esta mitología adquirió en Asturias personalidad y autonomía lo suficientemente destacables como para crear un mundo fantástico fácilmente reconocible. El Nuberu, el Diañu Burlón, el Trasgu, el Busgosu, la Bruxa, las Llavanderas, el Cuélebre, la Güestia, etc, sólo son algunos de los nombres propios de personajes que la conforman.

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Primavera, Alfons Mucha
'Las Xanas' (Les Xanes, en asturiano) eran mujeres encantadas que vivían en el interior de los bosques o en cuevas, siempre cerca de agua pura, agua viva: manantiales, fuentes, cascadas, arroyos... Poseían una sobrehumana belleza -piel blanca como el nácar, cabellos rubios cuales rayos de sol, formas sugerentes- y grandes tesoros que custodiaban. Según saltemos entre los diferentes mitos, se dedicaban a cambiar sus bebés por los de las mujeres humanas para que los criaran, ya que ellas no podían amamantar; danzaban y cantaban desnudas en torno a las fuentes, vigiladas por cuélebres -o por las llavanderas en otras versiones-; pero, principalmente, atraían a los hombres, hechizándolos con su belleza y obligándolos a realizar peligrosas pruebas para desencantarlas. Una de estas pruebas consistía en darle tres besos en los labios, para lo cual la xana se transformaba en una enorme serpiente: a cada beso que el valiente lograba darle, la serpiente se hacía de mayor tamañp, con lo cual el hombre solía salir huyendo. Ante tal muestra de cobardía, la xana lo maldecía de variadas maneras, desde el augurio de muerte en menos de un año hasta despertar los celos de la esposa otorgando alguna prenda que la identificara. Si el valiente lograba desencantar a la sobrenatural mujer, podía casarse con ella y poseer sus tesoros, para lo cual debía abandonar primero a su esposa y los hijos que hubiera tenido con ella.

Sirviéndome de la versión del mito de la xana como atracción fatal de los hombres, compuse este poema, en el cual parece que el protagonista logra evitar caer en la tentación de consecuencias desastrosas que esta mujer encantada representa.



(CANCIÓN DE) LA XANA

Alegre por la vaguada
bajaba yo caminando;
era una hermosa mañana
cuando escuché aquel canto.

En una clara del río,
una mujer se lavaba:
rubia cual oro platino,
en su canción ella estaba.

Yo me acerqué a mirarla
y ella la vuelta se dio:
“¡válgame Dios, una xana!”;
mi alma llenó de pavor.

Ella reía y cantaba,
sabiendo me iba a atrapar;
lenta hacia mí se acercaba,
luché yo por despertar.

Y desperté justo al tiempo
en que casi me rozaba;
sudor frío como viento…
¡sólo pensaba en mi amada!

De aquella maldita xana
así me pude librar,
bella mujer encantada
que a los hombres trae el mal.

Mas ahora guardo recelo
de bajar por la vaguada;
por el río voy con miedo,
¡vaya a cogerme la xana!


12. La Xana
Versos en la Ensoñación
Pedro M. Cepedal Flores



jueves, 14 de febrero de 2013

Lucero y Aurora: un poema de Amor

Dejando a un lado los clichés, mi corazón no puede sino mostrar en este espacio, en el Día de los Enamorados, este poema dedicado.



LUCERO Y AURORA

A María M.D.


Lucero del alba,
áureo mirar,
pureza del alma,
gracia de amar.

Astro ascendiente,
frescor matinal,
nacarados dientes,
canto celestial.

Lumbre del día,
cabellos de fuego,
reflejo de vida,
pasión y anhelo.

Rocío vespertino,
húmeda sensualidad,
Incitante ocaso,
encuentro en nocturnidad.

Luz de la aurora,
mágico haz,
realidad y sueño,
divina faz.

Lucero del alba,
frescor matutino,
lumbre del día,
rocío vespertino
y luz de la aurora:
así es la niña
que me enamora.

Tú eres la niña
que me enamora.


Lucero y Aurora
Poemas de Amor
Pedro M. Cepedal Flores

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El Beso, G. Klimt





domingo, 10 de febrero de 2013

Leyendas


Si en la entrada anterior hablé de las ‘Rimas’, en la de hoy les toca el turno a las ‘Leyendas’ de Gustavo Adolfo Bécquer. Son éstas una colección de relatos que elevan a sublime el concepto del Romanticismo español. Misterio, fantasía, terror, espectros y mujeres fatales se reúnen en sus páginas, en las que se desarrollan estas historias inspiradas (salvo ‘El caudillo de las manos rojas’) en las tradiciones más arraigadas de los pueblos y las gentes de España. Bécquer se desenvuelve con maestría en la tarea de recrear tales escenarios y personajes, dotando a las narraciones de imágenes, figuras y moralejas que cautivan al lector.

Ciertamente, es una temática que me apasiona y me inspira enormemente a la hora de escribir, lo cual no es difícil de apreciar. Me resultaría imposible elegir una de estas leyendas como mi favorita, así que recojo algunos pasajes de varias de ellas, prometiendo traer más adelante en este espacio algunas otras, como es el caso de ‘El Monte de las Ánimas’, una escalofriante y sobrecogedora historia que merece una entrada aparte.

Espero que disfrutéis de la lectura.


PASAJES EXTRAÍDOS DE LAS ‘LEYENDAS’ DE G. A. BÉCQUER

De ‘El rayo de luna’

[…]Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.
     Salió de él encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
     Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.
     Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.
     Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.
     Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.

     Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.
     -Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?
     -¡El amor!... El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.
     -¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.
     -¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.
     -¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?
     -¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial;- no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.
     Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

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Pareja contemplando la luna, C. David Friedrich

De ‘El beso’

[…]- Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, a coger nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino a herir mi imaginación y a ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. A la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi a una mujer arrodillada junto al altar.
     Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada e incrédula; el capitán sin atender al efecto que su narración producía, continuó de este modo:
     -No podéis figuraros nada semejante, aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla, como esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto alguna vez destacarse a lo lejos, blancas y luminosas, sobre el oscuro fondo de las catedrales.
     Su rostro ovalado, en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura, su intensa palidez, las purísimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco flotante, me traían a la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia!
     Yo me creía juguete de una alucinación, y sin quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.
     Antojábaseme, al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la oscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.
     -Pero...-exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que comenzando por echar a broma la historia, había concluido interesándose con su relato -¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No le dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?
     -No me determiné a hablarle, porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme, ni oírme.
     -¿Era sorda?
     -¿Era ciega?
     -¿Era muda? -exclamaron a un tiempo tres o cuatro de los que escuchaban la relación.
     -Lo era todo a la vez -exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa-, porque era... de mármol[…]


Y dejo para el final, a pesar de haber dicho antes que no podría elegir una como favorita, esta leyenda, la cual fue la primera que leí hace ya varios años y que me cautivó desde el título hasta el punto final:

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La seducción de Merlín, E. Burne-Jones
De ‘Los ojos verdes’

 […]-¡No me respondes! -exclamó Fernando, al ver burlada su esperanza-; ¿querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
     -O un demonio... ¿Y si lo fuese?
     El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebató de amor:
     -Si lo fueses... te amaría... te amaría, como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.
     -Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música-: yo te amo más aún que tú me amas; yo que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y transparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.
     Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuente desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:
     -¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales... y yo... yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino... las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven... ven...
     La noche comenzaba a extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven... ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un beso...
     Fernando dio un paso hacia ella... otro... y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve... y vaciló... y perdió pie, y calló al agua con un rumor sordo y lúgubre.
     Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.




lunes, 4 de febrero de 2013

Rimas

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Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, Valeriano Bécquer

La entrada de hoy es muy especial, pues traigo a uno de mis poetas favoritos, el autor en el que me fijaba a la hora de componer mis primeros poemas. Se trata de Gustavo Adolfo Bécquer, de sobra conocido, exponente tardío del Romanticismo en España.

En aquellos primeros poemas que escribí, de temática amorosa, trataba de emular –sin alcanzar, por supuesto, su nivel- el estilo de sus ‘Rimas’. Cierto es que, actualmente, muestro predilección por otros poetas, pero Bécquer ocupará siempre un lugar privilegiado en mi ideario poético. Y por ello mismo, la primera entrada dedicada por entero a un poeta en este espacio debía ser para él.

He aquí una selección de algunas de esas rimas. Espero que disfrutéis de la belleza, fuerza pictórica y arrebatadora pasión que impregnan cada verso. No han venido las oscuras golondrinas, pero ya anidarán algún día en este balcón.



DE LAS ‘RIMAS’ DE G. A. BÉCQUER


I

Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar; que no hay cifra
capaz de encerrarle, y apenas ¡oh, hermosa!
si teniendo en mis manos las tuyas
pudiera, al oído, cantártelo a solas.


XXII

¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en el mundo
junto al volcán la flor.


XXIV

Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.

Dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan.

Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.

Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.


LXV

Llegó la noche y no encontré un asilo
¡y tuve sed!... mis lágrimas bebí;
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!

¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
desierto... para mí!


LXXIV

Las ropas desceñidas,
desnudas las espadas,
en el dintel de oro de la puerta
dos ángeles velaban.

Me aproximé a los hierros
que defienden la entrada,
y de las dobles rejas en el fondo
la vi confusa y blanca.

La vi como la imagen
que en leve ensueño pasa,
como rayo de luz tenue y difuso
que entre tinieblas nada.

Me sentí de un ardiente
deseo llena el alma;
como atrae un abismo, aquel misterio
hacia sí me arrastraba.

Mas ¡ay! que de los ángeles
parecían decirme las miradas
-El umbral de esta puerta
sólo Dios lo traspasa.