viernes, 29 de marzo de 2013

El juego de lo oculto


“La poesía de Japón tiene su semilla en el corazón humano, donde germina hasta crecer en las hojas de las innumerables palabras”

   La poesía japonesa no es una luz que todo lo ilumina, sino más bien un juego de luces y sombras que, en lugar de decir abiertamente, insinúa. No revela lo que se esconde detrás del velo, sino que se conforma con advertir acerca de que tras ese velo se oculta algo; sugiere, de manera sutil, las formas de lo oculto. Es el carácter evocador de la poesía japonesa, el cual debemos asimilar para no caer en el error de ver estos poemas como meras pinceladas de bellas ilustraciones de paisajes sin mayor trascendencia. El poeta japonés evoca, le canta a la naturaleza, el entorno físico que le rodea –hay que destacar la enorme sensibilidad que los japoneses poseen con respecto a este entorno, en comparación con nosotros, los occidentales- y en el cual, de manera fugaz pero perceptible, quedan impresos rasgos de su sentir, del sentimiento humano.


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Árbol y Fuji, por Hiroaki Takahashi
El invierno atrás,
la primavera florece.
Antes callados,
los pájaros ya trinan.
Antes cerradas,
las flores ya se abren.
Y el monte, espeso
y tan impenetrable
por la maleza
que las flores esconde.
Pero los montes de otoño…
¡ah, sus hojas que vemos
de rojo teñidas
y queremos tocar
pensando que antes verdes
estaban en la rama!
Por ese sólo anhelo,
los montes de otoño yo prefiero.

La princesa Nukata (s.VII)
Manyooshuu


   La asimetría y la brevedad son dos de los rasgos elementales del waka, carente de elementos prosódicos recurrentes en la poesía occidental como el ritmo –debido a la escasa acentuación de la lengua nipona- o la rima –considerada como malsonante por ser demasiado fácil de alcanzar en este idioma-. El primero responde al gusto japonés por los números impares, por entenderlos perfectos, y que se refleja en el número de versos de las estrofas (tres o cinco) y en el número de sílabas de los mismos (pentasílabos o heptasílabos); el segundo lo hace a la búsqueda de lograr expresar el máximo posible en el mínimo espacio disponible, algo frecuento en todos los aspectos de la cultura japonesa. La sencillez, manifestada en la escasez de adjetivos empleados, es otro elemento definidor de la poesía japonesa.

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Pintura por Hiroshi Yoshida

   Quiero destacar dos valores estéticos de la poesía japonesa, surgidos a finales del s.XIII, que me atraen poderosamente: wabi y sabi. El wabi es “una pobreza calladamente dichosa, un anonimato feliz” (palabras de Carlos Rubio en ‘El pájaro y la flor’): supone encontrar la dicha en la austeridad, en permanecer en el margen, sin destacar, idea probablemente extrapolada de la concepción de inanidad de la vida propia del budismo zen. La ceremonia del té es uno de sus símbolos.


¿Qué caminante
se para en primavera
a ver el campo?    
Pero allí escondidas,
¡cuántas flores sin nombre!

Sen no Rikyu (1522-1591)


   El sabi es encontrar la belleza y la desolación en la soledad. El paso del tiempo, la desecación, la oscuridad o la tosquedad son algunos de sus temas predilectos.

Bakufu Ono
Pintura por Bakufu Ono

En el crepúsculo,
cuando el viento de otoño
el cuerpo penetra,
oigo a las codornices
cantar en Fukukusa.


Despierto esta noche
por los zumbidos del viento
y en soledad…
cantan las grullas en la marisma
y la escarcha cubre la tierra.

Fujiwara no Shunzei (1140-1204)





4 comentarios:

  1. Me ha gustado muchisimo tu entrada, aprendo mucho contigo! Un beso!!

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    1. Muchas gracias, me alegro de servir para enseñar algo, ¡un saludo!

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  2. Me ha encantado el de las flores sin nombre. Es precioso. Y tremenda la dificultad de traducir versos del japonés, imagino. Siempre me ha parecido mucho más difícil traducir la poesía que la prosa, porque además de jugar con el fondo, juega también mucho más con la forma, con la musicalidad, el ritmo y toda una serie de factores imposibles de trasladar.

    Feliz domingo

    Bisous

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    1. El poema que me dice también es de mis favoritos. Estoy totalmente de acuerdo con usted en que es imposible hacer una traducción perfecta de la poesía, pues trasladar los elementos formales, que dependen de manera indisoluble de los rasgos de cada lengua, es imposible. No obstante, en el libro del cual he sacado los poemas explica que existe una gran coincidencia entre la lengua española y la japonesa en lo que a fonemas se refiere, ya uqe las vocales se pronuncian de la misma manera y las consonantes, casi igual, lo cual facilita la traducción al punto de casi hacer coincidir las sílabas, una verdadera maravilla de trabajo.

      Celebro mucho tenerla de vuelta, Madame, ¡un muy cordial saludo!

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