miércoles, 29 de mayo de 2013

Hambre y Cebolla


La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.


cebollas-renoir
Cebollas, P.A. Renoir.

   En respuesta a una carta de Josefina, en la cual le ponía al corriente de su penosa situación de miseria, en la que llegó a contar sólo con pan y cebolla para alimentarse y teniendo que amamantar a su segundo hijo, Miguel Hernández compuso en la cárcel una canción en forma de seguidillas (estrofas de siete versos de 7-5-7-5-5-7-5 sílabas) para que se la cantase al niño mientras le daba el pecho. No le puso título alguno, mas estas nanas han quedado popularmente bautizadas como las ‘Nanas de la Cebolla’.


En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.


   Incluidas en el ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ son, en palabras de Concha Zardoya, “la más trágica canción de cuna de la poesía española”. El poeta comienza la composición aludiendo a la cebolla como el alimento de la pobreza y a la precaria situación de su mujer y su hijo, que se amamanta con sangre de cebolla, único alimento de la madre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,             
que te tragas la luna
cuando es preciso.


   No obstante, a raíz de la tercera estrofa, el poema gira, en mi opinión, en un sentido de alegre optimismo disimulado por el velo de la preocupación por las necesidades de su familia. Y afirmo esto puesto que Miguel hace de su hijo el centro de su alegría: en la risa de su niño radica la fuerza que él necesita para soportar el presidio y su delicada situación. De esta manera, aparecen tres de las estrofas más hermosas de estas nanas:

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
por venir de mis huesos
y de mi amor.


   Al reírse el niño, florecen en su boca como azahares esos pocos dientes que ya tiene. Resulta interesante el contraste entre el significado que le da el poeta a los dientes en este poema del que les otorga en poemas de guerra anteriores, en los que son armas del hombre para dañar al hombre; todo lo contrario que en estas nanas, en las que son, como acabo de expresar, el fruto de la risa, de la alegría del niño, de la alegría del padre y de la madre.

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.


   La canción termina con un paternal e instintivo gesto protector, en el que el padre desea al niño el desconocimiento de los horrores que le rodean; se ampara en este desconocimiento para creer poner a salvo a su hijo, para que sea feliz amparado por el pecho de su madre y siga riendo, siga dándole su aliento, su alegría, su vida.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.


   De estructura perfecta, las ‘Nanas de la Cebolla’, sin ser el poema más elaborado, complejo o genial de Miguel Hernández, son probablemente, por su sencillez, su desnuda metáfora y sobre todo por el infinito sentimiento de ternura y amor que desprenden, la composición más conocida y universal del genial poeta oriolano. Nuevamente, se sienten de una manera muy especial en la inigualable interpretación de Joan Manuel Serrat.

'Nanas de la Cebolla' (Miguel Hernández - Joan Manuel Serrat



(NOTA: los poemas completos de Miguel Hernández serán añadidos próximamente a la sección 'Célebres Poemas')

lunes, 27 de mayo de 2013

Las Tres Heridas


Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


   Cuando Miguel Hernández regresó a Orihuela, tras su primera estancia en prisión (1939), le entregó a su esposa, Josefina Manresa, un cuaderno gris con casi ochenta poemas trazados a lápiz, los cuales había escrito durante su cautiverio. Le había puesto por título ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ y es prácticamente imposible que Josefina fuese consciente de recibir en sus manos, así como Miguel de entregársela, una de las mayores joyas de la poesía universal.

Ed. Lautaro del Cancionero y
Romancero de Ausencias
(1958).

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

(80)




   Los poemas del ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ –completado con los poemas que escribió en sus últimos años de vida y algunos previos a 1939- constituyen la máxima expresión de la poesía hernandiana. Son poemas escritos en un tono intimista, desnudos de artificios y que reflejan limpia y hermosamente el sufrimiento del poeta; es una especie de “diario íntimo” en forma de poesía que incluye maravillosas composiciones como son ‘Eterna sombra’, ‘La Boca’, ‘Hijo de la Luz y de la Sombra’ o las ‘Nanas de la Cebolla’.


Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

(De 'Eterna Sombra')


   Tres son los puntos fundamentales que abarcan el sufrimiento de Hernández, las “tres heridas”: la muerte, la vida y el amor. En cuanto a esta última, un gran número de los poemas son dedicados al anhelo de la mujer amada, destacando muy especialmente la boca, los labios, los besos, así como la sangre, como símbolos de la unión entre el poeta y su amada, entre el hombre y la mujer, una unión frustrada por los muros del presidio: los mismos muros que hacen que la vida sea un continuo morir diario, que ésta sea contemplada como un intervalo antes de la muerte, sin esperanza, desconsolada.


Sangre remota.
Remoto cuerpo,
dentro de todo:
dentro, muy dentro
de mis pasiones,
de mis deseos.

(20)

Letrilla de una canción de guerra

Déjame que me vaya,
madre, a la guerra.
Déjame, blanca hermana,
novia morena.

¡Déjame!

Y después de dejarme
junto a las balas,
mándame a la trinchera
besos y cartas.

¡Mándame!


   Probablemente, los poemas más hondos y hermosos del ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ sean los dedicados a su hijo muerto, el cual falleció a los diez meses de vida. Hay una serie de breves y sobrecogedores poemas que entrecortan la respiración al ser leídos, antes de llegar a la magistral composición de ‘Hijo de la Luz y de la Sombra’.


Dime desde allá abajo
la palabra te quiero.
¿Hablas bajo la tierra?

Hablas como el silencio.
¿Quieres bajo la tierra?

Bajo la tierra quiero
porque hacia donde cruzas
quiere cruzar mi cuerpo.

Ardo desde allá abajo
y alumbro tu recuerdo.

(85)

Cuerpo del amanecer:
flor de la carne florida.
Siento que no quiso ser
más allá de flor tu vida.
Corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
La flor nunca cumple un año,
y lo cumple bajo tierra.

(79)

Ropas con su olor,
paños con su aroma.
Se alejó en su cuerpo,
me dejó en sus ropas.
Lecho sin calor,
sábana de sombra.
Se ausentó en su cuerpo.
Se quedó en sus ropas.

(68)

Vio turbio su mañana
y se quedó en su ayer.
No quiso ser.

(Del 69)

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

El hijo está en la sombra: de la sombra han surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

(De 'Hijo de la Luz y de la Sombra')


(NOTA: todos los poemas de Miguel Hernández serán añadidos próximamente a la sección 'Célebres Poemas')

domingo, 19 de mayo de 2013

El Pastor. El Poeta. El Hombre.


“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”
Pablo Neruda


Miguel Hernández
   El 30 de octubre de 1910 nacía en Orihuela (Alicante) Miguel Hernández Gilabert, el menor de cuatro hermanos de una humilde familia de cabreros. A pesar de que lo habitual era que los niños de familias humildes fueran como mucho un año a la escuela, Miguel tuvo la suerte de ser descubierto, dadas sus incipientes dotes de aprendizaje, en las Escuelas del Ave María –escuelas para pobres al aire libre y situadas al lado del convento de los Jesuitas- por los maestros de la Compañía de Jesús, quienes le brindaron la oportunidad de estudiar hasta el Bachillerato, el cual no pudo terminar dado que su padre lo reclamó para cuidar el ganado. Este suceso fue un duro golpe para el joven, quien leía mientras pastoreaba los volúmenes que le proporcionaba el canónigo Luis Almarcha, figura decisiva en su vida.

   Al arrullo de los riachuelos y la brisa entre las hojas, apoyado sobre el lomo de sus cabras comenzó Miguel Hernández a escribir sus primeros poemas, los cuales después leía en la tahona de su amigo Carlos Fenoll a sus contertulios, donde se afianzó su amistad con Pepe Marín, de pseudónimo Ramón Sijé. El Diario de Orihuela publicaría por primera vez, en 1930, un poema suyo bajo el título de ‘Pastoril’. En diciembre de 1931, con la mayoría de edad cumplida y la República ya instaurada, se traslada a Madrid con unos cuantos poemas y una carta de presentación a Concha de Albornoz, hija del Ministro de Justicia. Tras seis meses en la capital, sin haber recibido las atenciones ni los reconocimientos que esperaba, sin dinero y habiendo enfermado, decidió regresar a Orihuela.

Josefina Manresa
   Miguel se dedicó entonces, mientras se ganaba malamente unos cuartos como pasante en una notaría, a escribir su primer libro de poesía, ‘Perito en Lunas’, que sería publicado por la editorial Sudeste con una tirada de trescientos ejemplares, edición costeada por Luis Almarcha. El libro no tuvo el éxito esperado y Miguel se quejaba por carta al ya consagrado Federico García Lorca, quien había alabado su obra cuando se conocieron en un encuentro en Murcia, por no darle publicidad. Una serie de correspondencias cada vez más tensas y llenas de malas contestaciones supuso la total ruptura de relaciones entre ambos poetas, y la animadversión del granadino hacia el oriolano. Por estas fechas comenzó también Miguel Hernández su noviazgo con la joven Josefina Manresa, de familia de guardias civiles, una joven bella y esbelta para su época, así como también extremadamente casta.

   En 1934, el poeta de Orihuela retorna a Madrid con resultados mucho más fructíferos. Florecen sus amistades con Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, quienes influirán de manera decisiva en su poesía e ideología, con el consiguiente distanciamiento de su amigo Ramón Sijé, de pensamiento católico y ultraconservador. También trabaja en la elaboración de una enciclopedia taurina para José María de Cossío, ganándose un dinero que le permite mantenerse en Madrid. Comienza un romance con la pintora Maruja Mallo, con quien conoce el amor carnal. A comienzos de 1936 publica ‘El rayo que no cesa’, el cual incluye la ‘Elegía’ por la dolorosa y repentina muerte de su amigo Sijé. El libro es alabado por los críticos y tiene éxito de venta: Miguel Hernández por fin se ha hecho un hueco en lo más florido de la poesía española de la época. También retoma su relación de noviazgo con Josefina, con quien se casaría por vía civil el 9 de marzo de 1937.

   El estallido de la Guerra Civil Española supuso un impacto brutal en Miguel Hernández, quien se enroló en el Quinto Regimiento de las filas republicanas y recorrió el país cavando trincheras y escribiendo poemas que se recogerían en sus libros de “poesía de guerra”, ‘Viento del Pueblo’ y ‘El hombre acecha’. Son años de frenética actividad literaria y política del poeta, quien viajó a Moscú en 1938 para participar en una convención de intelectuales comunistas. Nació su primer hijo, al que no pudo conocer hasta diciembre; este niño fallecería tristemente a los diez meses de vida, traumando de dolor al poeta, un dolor que le llevaría a componer algunos de sus poemas más hermosos, como ‘Hijo de la Luz y de la Sombra’.

   En abril de 1939, fue detenido Miguel Hernández cuando intentaba atravesar la frontera con Portugal por un paso clandestino. Pasó cuatro meses en la cárcel en los que, a modo de respuesta para una carta de Josefina en la que decía que sólo tenía para comer pan y cebolla, escribió las famosas ‘Nanas de la Cebolla’ para que se las cantara a su segundo hijo, que había nacido el enero anterior. Sus influencias consiguieron liberarle y regresó a Orihuela, donde fue detenido nuevamente a consecuencia de un chivatazo. Fue condenado a muerte, mas su pena fue conmutada y sustituida por la de cadena perpetua. Trasladado al penal de Palencia, enfermó gravemente mientras escribía en un cuaderno los poemas que conformarían el ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’. Trasladado a Alicante y asediado por las visitas que le pedían que se regenerara y volviera a la buena senda, encabezadas por Luis Almarcha, finalmente Miguel accedió a casarse de nuevo y por la Iglesia con Josefina, a fin de no dejar desamparada a su familia tras su muerte, dado que su matrimonio civil ya no era válido.


   El 28 de marzo de 1942 falleció un gran poeta, falleció un hombre, falleció Miguel Hernández, tuberculoso y agonizando, herido y cansado, mas íntegro y fiel a sus ideas y a sus letras. Una víctima más de la intransigencia y la estupidez humanas. Una Poesía especial que siempre será recordada.


Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

(De 'El Herido II' -El hombre acecha-)


(NOTA: los poemas completos de Miguel Hernández serán añadidos próximamente a la sección 'Célebres Poemas')

martes, 14 de mayo de 2013

En Orihuela, su pueblo y el mío...


29

ELEGÍA

(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería.)



Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(10 de enero de 1936)


Ramón Sijjé


   Me ha resultado imposible no ofrecer este poema en toda su extensión, sin seleccionar sólo algunas estrofas. El motivo es sencillo: me parecía una afrenta a la que es una de las composiciones más hermosas que jamás se han escrito. Esta elegía, incluida a última hora en 'El Rayo que no cesa' es el más honesto, profundo y amargo, desconsolado adiós que podía y pudo ofrecer Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé, fallecido en la Nochebuena de 1935 a causa de una parada del corazón producto de una brevísima y fulminante enfermedad. Lo repentino de la muerte y el afecto por el que fuera su gran amigo desde la juventud encendieron y canalizaron la llama en el poeta para escribir esta poesía, este canto a la ausencia del amigo perdido. Conmoción, incredulidad, rabia, dolor, desánimo y pesar se funden en las más hermosas metáforas para dar a luz en la muerte a un homenaje sincero que será recordado por siempre.

   Una magistral interpretación musical de este poema, merced a Joan Manuel Serrat, ayuda a conseguir que estos versos calen aún más hondo si cabe en nuestro sentimiento. Una maravilla.


Elegía (Miguel Hernández) - Joan Manuel Serrat