lunes, 27 de mayo de 2013

Las Tres Heridas


Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


   Cuando Miguel Hernández regresó a Orihuela, tras su primera estancia en prisión (1939), le entregó a su esposa, Josefina Manresa, un cuaderno gris con casi ochenta poemas trazados a lápiz, los cuales había escrito durante su cautiverio. Le había puesto por título ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ y es prácticamente imposible que Josefina fuese consciente de recibir en sus manos, así como Miguel de entregársela, una de las mayores joyas de la poesía universal.

Ed. Lautaro del Cancionero y
Romancero de Ausencias
(1958).

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

(80)




   Los poemas del ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ –completado con los poemas que escribió en sus últimos años de vida y algunos previos a 1939- constituyen la máxima expresión de la poesía hernandiana. Son poemas escritos en un tono intimista, desnudos de artificios y que reflejan limpia y hermosamente el sufrimiento del poeta; es una especie de “diario íntimo” en forma de poesía que incluye maravillosas composiciones como son ‘Eterna sombra’, ‘La Boca’, ‘Hijo de la Luz y de la Sombra’ o las ‘Nanas de la Cebolla’.


Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

(De 'Eterna Sombra')


   Tres son los puntos fundamentales que abarcan el sufrimiento de Hernández, las “tres heridas”: la muerte, la vida y el amor. En cuanto a esta última, un gran número de los poemas son dedicados al anhelo de la mujer amada, destacando muy especialmente la boca, los labios, los besos, así como la sangre, como símbolos de la unión entre el poeta y su amada, entre el hombre y la mujer, una unión frustrada por los muros del presidio: los mismos muros que hacen que la vida sea un continuo morir diario, que ésta sea contemplada como un intervalo antes de la muerte, sin esperanza, desconsolada.


Sangre remota.
Remoto cuerpo,
dentro de todo:
dentro, muy dentro
de mis pasiones,
de mis deseos.

(20)

Letrilla de una canción de guerra

Déjame que me vaya,
madre, a la guerra.
Déjame, blanca hermana,
novia morena.

¡Déjame!

Y después de dejarme
junto a las balas,
mándame a la trinchera
besos y cartas.

¡Mándame!


   Probablemente, los poemas más hondos y hermosos del ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’ sean los dedicados a su hijo muerto, el cual falleció a los diez meses de vida. Hay una serie de breves y sobrecogedores poemas que entrecortan la respiración al ser leídos, antes de llegar a la magistral composición de ‘Hijo de la Luz y de la Sombra’.


Dime desde allá abajo
la palabra te quiero.
¿Hablas bajo la tierra?

Hablas como el silencio.
¿Quieres bajo la tierra?

Bajo la tierra quiero
porque hacia donde cruzas
quiere cruzar mi cuerpo.

Ardo desde allá abajo
y alumbro tu recuerdo.

(85)

Cuerpo del amanecer:
flor de la carne florida.
Siento que no quiso ser
más allá de flor tu vida.
Corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
La flor nunca cumple un año,
y lo cumple bajo tierra.

(79)

Ropas con su olor,
paños con su aroma.
Se alejó en su cuerpo,
me dejó en sus ropas.
Lecho sin calor,
sábana de sombra.
Se ausentó en su cuerpo.
Se quedó en sus ropas.

(68)

Vio turbio su mañana
y se quedó en su ayer.
No quiso ser.

(Del 69)

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

El hijo está en la sombra: de la sombra han surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

(De 'Hijo de la Luz y de la Sombra')


(NOTA: todos los poemas de Miguel Hernández serán añadidos próximamente a la sección 'Célebres Poemas')

2 comentarios:

  1. Los poemas que nos presentas son ciertamente extraordinarios. Gracias por compartirlos con la pasión que te caracteriza.

    Nos encanta este ciclo. Gran trabajo, Pedro.

    Un saludo y que disfrutes del día.

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    1. Gracias por vuestro comentario. Desde luego, para mí, los poemas del Cancionero son los más maravillosos de su obra, lo que demuestra que estaba en la plenitud de su poesía y quién sabe hasta dónde habría podido llegar.

      Muchas gracias por vuestras palabras. La serie está llegando a su fin, dos son las entradas que aún tengo previstas antes de concluirla, aunque estoy seguro de que Miguel Hernández volverá por estos lares.

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